Desde que tengo memoria, los libros han despertado en mí una fascinación difícil de explicar. No importa cuántos años tengan ni cuándo fueron publicados: antes de comenzar a leerlos, me gusta abrirlos y detenerme un instante en su interior. Ese aroma inconfundible que desprenden me resulta capaz de transportarme a una de las sensaciones más placenteras que conozco.
Para mí, ese delicado encuentro de notas de vainilla, almendras y sándalo es casi una invitación. Una promesa de historias por descubrir, de emociones que experimentar y de vidas ajenas que, durante unas páginas, podemos hacer nuestras.
Leer es viajar sin moverse, vivir otras vidas, despertar emociones y ampliar nuestra mirada. Es libertad y conocimiento. Es también esa necesidad irresistible de continuar avanzando página tras página hasta descubrir qué sucederá después.
Pero mi vínculo con los libros va mucho más allá del placer de leer. Ellos me llevaron, casi sin darme cuenta, hasta la escritura. Y escribir se ha convertido en una de las experiencias más gratificantes, íntimas y liberadoras de mi vida.
Escribir me rescata. Me permite explorar territorios que la cotidianidad no siempre alcanza y dar forma a pensamientos, reflexiones y vivencias que necesitan encontrar un lugar fuera de mí. La escritura me concede la libertad de imaginar, de cuestionar y de recorrer caminos que, de otro modo, permanecerían ocultos.
Durante años ha sido mi compañera más fiel. Me ha permitido transformar en palabras aquello que necesitaba decir y convertir el papel en uno de mis mayores refugios. Para mí, escribir no es solo una forma de expresión: es una manera de encontrar mi lugar. Es, en cierto modo, mi casa.
Siento una profunda admiración y un enorme respeto por quienes consiguen convertir sus historias en libros capaces de llegar a otras personas. Detrás de cada una de esas obras hay preparación, perseverancia, horas de trabajo y una dedicación que merece ser reconocida.
Yo también aspiro a recorrer ese camino y a encontrar lectores que quieran adentrarse en mis historias.
Mi nombre es Monique Amoedo y espero que disfrutéis de mis libros y de mis escritos tanto como yo he disfrutado creándolos.
Reconocimientos
MI DESCONSUELO
Y era el mejor lugar del mundo para estar, no había otro mejor, todo porque tú estabas, todo porque tú eras. Atrapé ansiosa cada uno de los instantes a tu lado presagiando que no volverían jamás, sin darme cuenta de que tú ibas invadiendo sin permiso ni treguas.
Ahora que ya no estás, me consolaré con las evocaciones de lo que has despertado en mí, mientras sufro tu ausencia perpetua e inmanejable.
Cuando te fuiste, te llevaste el roce de tus labios sobre los míos, el lenguaje de tus dedos susurrando caricias en mi cuello, el tono de tu voz al contar secretos, ese tan especial, tan tuyo, te llevaste el color… Y sin embargo olvidaste llevarte lo más importante, tu huella.
Vuelve por favor, vuelve para llevártela, ocupa tanto lugar aquí adentro que no me deja respirar. Vuelve, pero hazlo cuando yo no lo note, engáñame, tú sabes cómo hacerlo. Llévatela cuando yo esté dormida mientras esté soñando una vez más contigo, camúflate en mis sueños y no dejes rastro. Sin duda prefiero el vacío de no tener a tener que respirar este aire que envenena y socava, este aire tan lleno de ti, de tus recomendaciones literarias, de tus clases de geografía, de tu acento.
Me alié con el tiempo movida por la razón de que te diluirías tras su paso, pero él pasa y tú no pasas. Y aunque tomé su mano y luché con afán finalmente condescendí ante todo intento por restarte, tu olor seguía en mis manos, tu sonrisa pegada a mi boca y en vano había sido mi alianza, lo supe. Inexorable a sabiendas todo tu insistes en hacerte perpetúo y así sigues ganando la partida, pero te recuerdo que tú decidiste sin más y con ello te llevaste tu derecho a resarcirte. De haberlo sabido nunca me hubiese apuntado. Ahora exhausta y preterida me quedo con tus besos que desde el principio supieron a ausencia y no lo supe ver, me quedo con tus silencios inconmensurables que debí intuir, pero sobretodo me quedaré con tú facilidad para no estar. Tú tan tú, tan libre, tú que antes de llegar ya te habías ido y no lo quise ver, por eso he decidido que ya no voy a decir lo que pienso, pues solo pienso en ti.
De nada me han servido los años de ventaja en los que me refugié por error confiada y convencida de que allí sería inmune a tu esencia, pero una vez más me equivoqué y he vuelto a perder. Entonces mi voluntad se revela exhausta frente al vacío de los porqués que has dejado, esos que reiteradamente vuelven para recordarme que eres mi desconsuelo, dime dónde estabas cuando llovía.
Y aun así seguiré recordándote de forma impenitente, porque eso es lo que quiero hacer, lo que sé hacer. Sin buscarte y sin poder evitarte, solo puedo ser testigo que no obra por capricho de las lágrimas pertinaces que van anegando todos misanhelos de volver a leerte.